Aristóteles no escribe este tratado para dar reglas morales, sino para responder una pregunta que sigue intacta 2.400 años después: ¿qué significa vivir bien? Su respuesta se llama eudaimonía, mal traducida como "felicidad" cuando en realidad significa algo más cercano a "florecimiento humano" — el estado de quien ha desarrollado plenamente su función como ser racional. Para llegar ahí, Aristóteles no propone reprimir los deseos ni seguir un código rígido, sino cultivar el hábito de la virtud, entendida como el punto medio entre dos extremos viciosos (el coraje, por ejemplo, vive entre la cobardía y la temeridad). La virtud no se piensa: se entrena, como un músculo. El libro también introduce la phronesis (sabiduría práctica), la capacidad de discernir la acción correcta en cada situación concreta, sin fórmulas universales. Es el primer manual de autoconstrucción moral de la historia: no te dice qué es bueno en abstracto, te enseña a convertirte en alguien capaz de reconocerlo.